Trotsky en la Revolución de Octubre

trotsky

 

 

Ramón Guzmán Ramos

 

 

Introducción

 

Al lado de Lenin, Trotsky fue uno de los dirigentes más importantes de la Revolución de Octubre de 1917. El desafío que les significó a los bolcheviques convertirse en los dirigentes de una revolución socialista en un país cuyas condiciones no estaban maduras para ello rebasó toda escala de comparación histórica. Tuvieron que intentar un salto descomunal para alcanzar la cima más alta y, luego, desde allí, corregir la osadía. Acabó siendo un salto en el vacío. Pero el impulso vigoroso que tomaron para darlo, los grandes debates que tuvieron lugar en medio del torbellino social, las aportaciones teóricas que hicieron al marxismo para justificar una misión que desde el principio se antojaba imposible, han llegado hasta nosotros como lecciones inéditas y esenciales de la historia. Todo lo que hicieron los bolcheviques estuvo respaldado por grandes audacias de carácter teórico. Antes que nada, se propusieron legitimar todas y cada una de sus acciones. Por eso, cuando el torbellino mayor los separó de la sociedad, la agonía moral hizo presa de ellos.

Con su teoría de la revolución permanente, Trotsky elaboró una concepción inédita de la revolución socialista. Algunos de sus postulados principales siguen vigentes hasta la fecha. La premisa, por ejemplo, de que ninguna revolución puede sobrevivir aislada del resto del mundo es fundamental para entender el desplome que 72 años después sufriría el sistema. La Revolución de Octubre traía el impulso original de un gran sueño que ha sido consustancial a todas las épocas de la historia: la eliminación de las condiciones sociales y económicas que producen las grandes desigualdades entre los seres humanos y la construcción de una nueva sociedad donde nadie pueda pasar por encima de otros, de los demás, para hacerse de privilegios inmerecidos. He aquí la enseñanza que nos deja. Las desviaciones burocráticas que sufrió bajo el mando dictatorial de Stalin no invalidan ni suprimen las lecciones que se desprenden del impulso original.

 

Su conversión al marxismo

 

Liev Davidovich Bronstein nació en Yanovka el 26 de octubre de 1879 en el seno de una familia de origen judío, los Bronstein, que contaba con una posición económica desahogada. Su padre era dueño de una finca y tenía bajo su mando a varios trabajadores que se desempeñaban en condiciones de extrema explotación y vivían de una manera deplorable. Liova (diminutivo de Liev, o León) sentía por ellos una cierta simpatía que se acercaba mucho a la solidaridad emocional. Sin tener conciencia de la realidad, se preguntaba por qué los hombres nacían desiguales y si ese era su destino fatal. A los siete años de edad fue enviado a Gromokla a estudiar en una escuela particular de carácter religioso, pero duró allí pocos meses.

En el otoño de 1888 familiares de su madre se lo llevaron a Odesa para que estudiara allá. Fue en este lugar donde se transformaría en un adolescente rebelde, irreverente, que desafiaba con arrojo todo lo que representara algún tipo de autoridad. Tuvo contacto con los grandes autores de la literatura rusa y de otros países y épocas y descubrió el poder extraordinario de las palabras, el modo como la realidad y la imaginación podían ser aprehendidas por las palabras y cómo las palabras eran capaces de forjar y mover voluntades. Fue expulsado de la escuela por organizar un abucheo en coro contra uno de sus maestros, pero sería readmitido al año siguiente. Su permanencia en Odesa se prolongaría hasta 1896.

En el verano de este mismo año llegó a Nikoláiev con el propósito de terminar sus estudios de secundaria. En esta ocasión se alojó en una pensión para estudiantes y fue a través de ellos que tuvo su primer contacto con las ideas socialistas de la época. En 1881 un grupo de conspiradores pertenecientes a la organización denominada Naródnaya Volia (Libertad o Voluntad del Pueblo), de origen populista, había asesinado al zar Alejandro II y esto dio origen a un recrudecimiento de la política represiva del régimen y a una discusión apasionada entre los revolucionarios sobre la viabilidad de los métodos terroristas. Liova, que apenas contaba con 17 años, fue invitado a participar en un círculo de estudios que tenía lugar en la huerta de un luchador veterano de nombre Franz Shvigovsky.

En ese círculo de estudios, al que acudían principalmente jóvenes estudiantes deseosos de transformar las cosas, se discutían las teorías y las acciones que estaban relacionadas con la explicación de la realidad y los caminos que podían abrirse para construir un mundo mejor. Liova se identificó con las ideas y el ejemplo heroico de los narodniki, o populistas, porque reivindicaban al pueblo en su conjunto como el sujeto del cambio. Los narodniki eran revolucionarios entregados sin reservas a su causa, dispuestos a cualquier tipo de sacrificio, con una convicción inquebrantable. Imbuidos por una especie de anarquismo agrario frenético, sostenían que, a diferencia de lo que pensaban los marxistas, en Rusia no había una clase obrera bien definida que constituyera mayoría en la sociedad; era en el campo donde las ideas de la revolución podían ser fecundadas. Y se fueron todos al campo a organizar a los campesinos. Pero éstos los vieron como a agentes extraños y los rechazaron abiertamente, a veces hasta los denunciaban a la policía zarista. Entonces, los narodniki decidieron que, si no contaban por el momento con el respaldo directo del pueblo,  ellos hablarían y actuarían en nombre del pueblo.

Al círculo asistía una joven de 24 años, de nombre Alexandra Sokolóvskaya, quien se declaraba abiertamente marxista y encabezaba el otro bando en los debates. Los narodniki, decía, con todo y que nadie negaba su espíritu heroico, se habían equivocado de sujeto histórico para la revolución. No eran los campesinos, el sector más atrasado de la Rusia zarista, sin conciencia de clase, dispersos como una masa amorfa y desarticulada por todo el país, los llamados a ser la vanguardia en la lucha revolucionaria y, luego, los constructores de la nueva sociedad. Pero ni siquiera eran los campesinos los que ocupaban el escenario histórico que imaginaban los narodniki. Habían sido sustituidos en las ideas y en las acciones por un grupo que, en su desesperación por no contar con el respaldo del pueblo, había caído en el terrorismo. Y las acciones terroristas, como el asesinato del zar Alejandro II y, después, el intento de matar al zar Alejandro III, donde, por cierto, participó el hermano mayor de Lenin, quien sería ejecutado por ello, no ayudaban a la organización de los trabajadores. Sólo el marxismo, sostenía con arrebato la Sokolóvskaya, sobre todo cuando Liova la rebatía con ingenio punzante y de una manera frontal, podía ofrecerles a los revolucionarios una teoría científica para la acción y una perspectiva clara para saber cuál de las clases oprimidas estaba llamada históricamente a encabezar la lucha por la transformación socialista. A final de cuentas, Liova se rendiría a los argumentos sólidos de la Sokolóvskaya, y también a sus encantos personales, ya que ella llegaría a ser su primera esposa.

Mientras tanto, en San Petersburgo estallaba una huelga de 30 mil obreros, inspirada y dirigida en gran medida por activistas de izquierda que pertenecían a la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera, organización que habían fundado y encabezaban algunos de los que se encontraban construyendo ya el Partido de la Revolución en el extranjero, como Lenin, Mártov y Potrésov.

El joven Liev ingresó a la Universidad de Odesa con el propósito de estudiar Matemáticas. De inmediato, entró en contacto con los revolucionarios locales y sufrió un distanciamiento dramático con su padre por ello. Se unió a la Unión de Obreros del Sur de Rusia, organización a la que llegaría a dirigir a los 18 años. Comenzó a publicar y a probar de puño propio el poder expansivo de la palabra al dar a conocer su pensamiento en un periódico de orientación socialista: Nashe Delo (Nuestra Causa). Pero una cosa era convertirse en el líder de una organización revolucionaria y otra pasar desapercibido para la policía zarista. En 1898 lo detuvieron y lo recluyeron en la cárcel de Nikoláiev, de ahí lo trasladaron a la prisión de Jergón y luego a Odesa, donde permaneció hasta 1899 leyendo, escribiendo, convirtiendo su reciente experiencia revolucionaria en literatura, en reflexiones teóricas, visualizando el futuro a través de las fisuras de la historia. Desarrolló aquí una buena capacidad para la crítica literaria. En este sentido, su interés primordial residía en el impulso social que está detrás de toda obra literaria, en el clima moral y político al que da su expresión individual el poeta o el novelista, y en el efecto que la obra literaria ejerce a su vez sobre este clima. Las obras literarias, llegó a afirmar, son los grandes momentos del alma humana.

Como a casi todos los presos políticos que desde la izquierda luchaban contra el régimen de opresión zarista y por la construcción del socialismo, Liev sufrió también el destierro a Siberia, donde permanecería durante cuatro años. Antes de ser desterrado al infierno de hielo, permaneció seis meses en Moscú. Allí leyó un libro revelador que le aclararía muchas dudas sobre la realidad del país: El desarrollo del capitalismo en Rusia de Lenin. Confirmó su reciente conversión al marxismo y abrazó la causa socialista con pasión febril. En 1900 contrajo matrimonio en la cárcel de Moscú con la que había sido su adversaria teórica en los debates memorables de la huerta de Shvigovsky: Alexandra Sokolóvskaya. De esta manera, se pudo integrar a las colonias de emigrados que tenían un considerable margen de libertad en Siberia, donde pasó a formar parte de la Unión Socialdemócrata Siberiana, una filial del partido que Lenin estaba organizando desde el extranjero para dirigir la revolución.

En Siberia, Liev se dedicó a leer y escribir sobre la situación en que se encontraban las organizaciones locales del partido que Lenin quería construir. Se dio cuenta de que había un enorme problema de desarticulación. Cada organización local actuaba por su cuenta y no había aún un centro que fuera capaz de darles a todas una articulación dinámica y un grado de coordinación general que las hiciera potencialmente poderosas. Era eso, a final de cuentas, aseguraba: la integración de todas las organizaciones locales a una organización mayor, con una dirección central, lo que estaba haciendo falta de manera urgente. En esto coincidió con la visión de Lenin. Pero Liev llegó a esta conclusión en la región más apartada del mundo, aislado de los centros donde se desarrollaban las acciones concretas y donde se discutían las cuestiones más candentes sobre la revolución y el instrumento que estaba haciendo falta para instigarla y dirigirla. Un partido disciplinado, con un alto nivel de conciencia marxista, con la capacidad de actuar como un solo hombre cuando fuera necesario, tanto a nivel local como nacional, que difundiera las ideas socialistas entre la clase obrera y la organizara para la acción; eso era lo que se ocupaba. En esta época, por cierto, comenzó a usar su primer seudónimo para firmar los trabajos que se difundían tanto en Siberia como en el resto del país y en el extranjero, sacados clandestinamente: Antid Oto.

En 1902 leyó con detenimiento otro libro fundamental de Lenin: ¿Qué hacer? Se convenció de que, en efecto, las cosas en el presente eran adversas tanto para Rusia como para los revolucionarios que se proponían sacarla del atraso y ponerla en la senda del desarrollo y la igualdad social. El espíritu del presente llevaba una carga pesimista grande, pero el futuro era optimista. Las publicaciones que le llegaban del exterior y que él leía con furor le mostraban que el centro donde se estaba decidiendo el destino de la revolución se localizaba en el extranjero, concretamente en Londres, donde Lenin y su grupo trabajaban arduamente para darle a la organización una estructura adecuada. Decidió entonces evadirse de Siberia. De manera apresurada, escribió sobre el pasaporte falso el nombre que seguiría usando como seudónimo y con el que se quedaría para el resto de su vida: Trotsky, el cual tomó de uno de sus antiguos carceleros en la prisión de Odesa.

 

¿Qué tipo de partido?

 

Una mañana temprano de octubre de 1902 el joven Trotsky tocó a la puerta del domicilio donde vivían Lenin y su esposa en Londres. Fue recibido con entusiasmo y durante varias horas se reunieron para intercambiar información y puntos de vista. Trotsky se había ganado con méritos propios el derecho de ser invitado a formar parte del vértice superior desde donde se estaba organizando al partido que habría de dirigir la revolución.  El grupo de emigrados constituía el Consejo Editorial de Iskra (La Chispa), el gran centro aglutinador del parito naciente, que estaba formado por Plejánov, Mártov, Lenin, Axelrod, Zasulich y Potrésov. El periódico se estaba convirtiendo ya en un órgano poderoso de difusión de las ideas socialistas, de debate con otras corrientes teóricas y de organización en Rusia. De inmediato, Trotsky empezó a publicar en sus páginas y participó del ánimo febril con que se debatía. Como el grupo estaba formado por seis personas, a menudo las votaciones quedaban en empate y no era posible llegar a acuerdos concretos. Esto molestaba sobremanera a Lenin, quien estaba poseído por un espíritu impaciente, vigoroso, dispuesto a la acción inmediata. Fue Lenin, precisamente, quien propuso el ingreso formal de Trotsky al Consejo de Redacción. Además de sus méritos como organizador y propagandista, su presencia en la Redacción de Iskra podría servir para desempatar las votaciones y agilizar las acciones que tanto estaban haciendo falta. Pero Plejánov, el viejo militante que era visto como el padre del marxismo en Rusia, se opuso terminantemente.

Por esas fechas, Trotsky conoció a Natalia Sedova, quien llegaría a ser su segunda esposa, en uno de los viajes que hizo a París. Nunca volvería con Alexandra Sokolóvskaya, quien se había quedado en Siberia y había aceptado dejar partir a su esposo sin una muestra de reproche. Allá quedaban también sus dos primeras hijas. Alexandra se había percatado, desde que lo conoció, de que Trotsky estaba llamado a hacer grandes cosas por la revolución y que ella, en las condiciones en que se encontraban en Siberia, le representaba un obstáculo. De manera que simplemente lo dejó ir, diciéndose a sí misma que a final de cuentas era la revolución la que se lo quitaba. Pero sería la revolución y otra mujer.

En julio de 1903 el Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) se reunió en Bruselas. Le tocó a Plejánov dar el discurso inaugural. Asistieron 44 delegados con derecho a voz y voto y 14 con derecho sólo a voz. El número reducido se explicaba por las condiciones extremas que tenían que sortear para salir de Rusia. Varios delegados fueron atrapados por la policía zarista en el camino. Pero cada uno de los delegados que asistieron llevaba al Congreso la representación legítima de amplias regiones de su país. La sesión inició con el debate sobre la cuestión judía. El Bund judío en el partido exigía la constitución de su propio Comité Central y la creación de una estructura propia. Trotsky, con todo y que él mismo tenía ascendencia judía, arremetió contra ellos señalando que no se podía permitir la existencia de una especie de partido dentro del partido. En última instancia, la postura del Bund judío era separatista y de lo que se trataba en el Congreso era, por el contrario, de darle a la organización una estructura y una articulación nacional. Enseguida, se discutió la cuestión de los sindicatos. Era necesario dejar atrás las tendencias economistas de los sindicatos, los cuales se ponían como objetivo principal luchar por mejoras salariales y dejaban de lado la necesidad de insertarse como organizaciones obreras a la lucha por la transformación radical de la sociedad.

Pero el asunto que se discutió con mayor grado de intensidad fue el del partido. ¿Qué tipo de partido era el que deberían construir para convertirlo en un instrumento efectivo con el que pudieran ganarse el derecho histórico de dirigir la revolución socialista en Rusia? Lenin planteó la cuestión sin tapujos. Para empezar, el Partido necesitaba estatutos estrictos que le permitieran a la dirección mantenerlo a salvo de influencias ajenas, indeseables, y con un nivel alto de coordinación centralista. Como estaban las cosas, con toda esa dispersión de las organizaciones locales en Rusia, actuando cada una según le dictaban las circunstancias, sujetas a toda clase de infiltraciones de la policía y a la contaminación ideológica de otras corrientes, los estatutos, dijo Lenin, deberían expresar la desconfianza organizada de la dirección respecto de los miembros, una desconfianza que debía manifestarse en el control vigilante desde arriba sobre el Partido. Por lo que se refería a la membresía del Partido, Lenin presentó una moción, que decía: Miembro del Partido es cualquier persona que acepte su programa, apoye al Partido con recursos materiales y participe personalmente en una de sus organizaciones. Mártov, por su cuenta, presentó una propuesta alternativa, que en principio parecía semejante a la de Lenin pero que difería de ella en el grado de compromiso: Se consideraría miembro del Partido a quien cooperara personal y regularmente bajo la dirección de una de las organizaciones, planteó. Esta diferencia, que parecía más de forma que de fondo, expresaba en realidad dos concepciones radicalmente distintas, a la postre irreconciliables, acerca de la naturaleza del Partido y el modo como sería constituido. La fórmula de Lenin apuntaba a la creación de un partido compacto, formado sólo por los participantes reales en las organizaciones que en ese momento se hallaban en la clandestinidad. Por su parte, lo que Mártov proponía era una especie de asociación más disgregada que incluyera a aquéllos que colaboraran con la organización clandestina sin pertenecer a ella.

Lenin hizo otra propuesta, la cual acabaría por desbordar los ánimos y agudizar las condiciones para la división. Dijo que era necesario agilizar las decisiones que tomaba el grupo de Iskra y convertirlas en acciones concretas e inmediatas. Si un grupo como éste, que funcionaba al mismo tiempo como dirección del Partido, no era capaz de destrabar sus propias discusiones, de muy poco valdrían los otros resolutivos que se tomaran en el Congreso. Planteó que para lograr esto era necesario reducir el número del grupo de Redacción de seis a tres. Quedarían Plejánov, Mártov y él mismo; serían excluidos Axelrod, Zasulich y Potrésov. Con esto, Lenin se aseguraba que fueran sus posiciones las que prevalecieran en la línea que adoptara la dirección del Partido. Pero esto provocó una reacción airada de una porción considerable del Congreso. Muchos vieron en estas propuestas una artimaña de Lenin para apoderarse de la dirección del Partido y convertirlo en una organización cerrada y centralista, al margen de las masas obreras y populares a las que se proponía organizar. Trotsky, por cierto, fue uno de ellos.

Se convirtió en uno de los adversarios más elocuentes de Lenin. Lo acusó de intentar formar una cerrada organización de conspiradores, no un partido de la clase obrera. Lenin, acusó sin miramientos, le imponía al Partido un estado de sitio y su puño de hierro. Lenin llevaba al exceso el principio del centralismo democrático y, en esto, se asemejaba a Robespierre (una de las figuras más polémicas de la Revolución Francesa, quien, en su afán por promover la democracia, terminó provocando la instauración de lo que se conocería como el Reinado del Terror, con la guillotina como el instrumento único para eliminar de tajo las diferencias, ante la cual, por cierto, él mismo sucumbió). Trotsky acusó a Lenin de caer en el sustituismo: la organización del Partido sustituye al Partido en general; a continuación, el Comité Central sustituye a la organización; y finalmente, un solo dictador sustituye al Comité Central Lenin replicó que el Partido sólo debía organizar a la vanguardia del proletariado, a sus elementos más valerosos y con más conciencia de clase. El Partido debía encabezar a la clase obrera y no podía, por consiguiente, ser tan amplio como la clase misma. Sólo un partido formado por militantes convencidos, con centros de decisión debidamente resguardados de la infiltración zarista, con una articulación que llegara de manera efectiva hasta el centro -el centro, por supuesto, representando fielmente los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera, del socialismo-, estaría en condiciones de cumplir su cometido. Lenin trató en repetidas ocasiones de ganarse a Trotsky a sus posiciones, pero fue inútil. Trotsky, sobre todo por lo que se refería a la exclusión de Axelrod, Zasulich y Potrésov de la Redacción de Iskra, con quines había cultivado una relación especial de camaredería, veía ahora a Lenin como un dirigente que era capaz de pasar por cualquier cosa con tal de conseguir lo que se proponía. Trotsky se olvidó de pronto que él mismo, en Siberia, había llegado a las mismas conclusiones que ahora Lenin planteaba en el Congreso. El quid de la cuestión estaba, en todo caso, en construir y consolidar un partido que fuera capaz de dirigir de manera centralizada una revolución, pero también de abrir sus espacios al debate y a la participación democrática de las bases cuando se dieran las condiciones. El problema era que en ese momento las condiciones de clandestinidad no favorecían la opción abierta del partido.

Lenin ganó con dos votos el acuerdo para reducir a tres el número de miembros en la Redacción de Iskra, pero perdió la votación con respecto a la naturaleza del Partido que había propuesto Mártov. El Congreso, sin embargo, se dividió en dos facciones abiertamente hostiles: por un lado, los bolsheviki, o mayoritarios, encabezados prácticamente por Lenin; y, por el otro, los mensheviki, o minoritarios, donde quedó alineado Trotsky. El Congreso concluyó en medio del caos y Plejánov sólo alcanzó a advertir que la ley suprema, que debería estar por encima de cualquier diferencia, era la supervivencia de la revolución.

En septiembre del mismo año los mencheviques se reunieron en Ginebra para proponer y acordar un boicot contra el Comité Central bolchevique. Trotsky recomendó actuar con moderación. El boicot tendría que llevar la única finalidad de ejercer presión sobre Lenin y Plejánov para que los tres miembros excluidos de Iskra volvieran a sus cargos y se pudiera restablecer la unidad, que era lo más importante. En ese evento, los mencheviques eligieron a su propio Comité Central, o Buró, formado por Axelrod, Mártov, Trotsky, Dan y Potrésov.

Plejánov, cediendo a la presión menchevique, les abrió las puertas de Iskra a los excluidos. Lenin protestó airadamente, amenazando que renunciaría a su propia posición en el periódico si no se respetaban los acuerdos del Congreso. Pero Plejánov no le hizo caso y Lenin, en efecto, renunció y dejó Iskra, que, dijo, acababa de volverse menchevique. Decidió entonces publicar su propio periódico: Vperiod (Adelante). Se reunió en Suiza con los bolcheviques que estaban dispuestos a seguirlo y les presentó un plan para convocar a un nuevo Congreso, con o sin la participación de los mencheviques. Trotsky se propuso jugar un papel conciliador entre ambas facciones, tratando de construir puentes para el retorno a la unidad, pero pronto fue visto con recelos por los propios mencheviques. Por su parte, Plejánov les puso como condición a los jefes mencheviques que Trotsky quedara fuera y ellos aceptaron sin mayores escrúpulos. En abril de 1904 Trotsky abandonó Iskra y optó por una especie de retiro productivo.

 

La revolución permanente

 

Los asuntos que se habían discutido en el Congreso y que finalmente causaron la división no eran de una magnitud menor. Reflejaban el modo como los revolucionarios concebían su trabajo político y la visión que tenían de la nueva sociedad socialista. En este aspecto, las cuestiones de estrategia (la línea editorial de Iskra, la naturaleza del Partido) se unían indisolublemente al objetivo supremo que era la revolución. Si la estrategia no era la adecuada, entonces el camino podría conducir a otra cosa que ellos todavía no se atrevían a nombrar, aunque algunas menciones se habían hecho con respecto del modo trágico como la Revolución Francesa había culminado y dado pie al surgimiento de la dictadura de Napoleón. Por eso Lenin se mostraba tan intransigente en estas cuestiones. Un congreso tenía la responsabilidad de dotar a los revolucionarios de las armas políticas más eficientes para llevar a cabo su tarea, y de esclarecer el panorama y las posibilidades e impedimentos que enfrentaban de momento; sobre todo, de abrir los caminos y de señalar con precisión el horizonte. Curiosamente, Trotsky había llegado a estas mismas conclusiones por su cuenta, pero se dejó ir más bien por cuestiones de carácter emotivo, de camaradería con sus amigos de Iskra que Lenin había excluido.

Otra cuestión fundamental aparecería de pronto en el horizonte histórico: la naturaleza de la revolución que se proponían hacer. Era idea común que la revolución en Rusia, por su carácter de atraso económico e industrial, por las condiciones semiesclavistas y semifeudales en que se hallaba una gran parte del país, sería de carácter democrático-burgués. El papel de los socialistas se limitaría a salvaguardar los principios del socialismo desde la oposición y esperar a que las condiciones de desarrollo industrial, de existencia de una clase obrera mayoritaria y vigorosa, permitieran el paso a una sociedad altamente desarrollada y con suficiente riqueza para ser distribuida equitativamente. En esta concepción no había mayores diferencias entre bolcheviques y mencheviques. Lenin, por su parte, convenía en que la revolución era burguesa en la medida en que no podía proponerse el socialismo como meta inmediata, pero tampoco creía en la misión revolucionaria de la burguesía. Parecía haber aquí un callejón sin salida. Rusia no había seguido el mismo camino lineal de desarrollo que los demás países europeos, que se hallaban ya en una fase madura del capitalismo para la revolución socialista. En Rusia no se había producido ninguna revolución industrial. ¿Cómo pasar directa, automáticamente, de una situación de atraso, donde las relaciones de producción parecían haberse estancado en el feudalismo, a una sociedad socialista? Hacía falta la etapa del desarrollo del capitalismo. No se podía hacer una revolución para acabar con las desigualdades sociales igualándolos a todos en la pobreza y en la marginación, en el atraso y en la ignorancia, en la dependencia y en la miseria. La revolución que era necesario hacer debía tener, por lo tanto, un carácter burgués. ¿Los marxistas tendrían que hacer entonces una revolución y entregársela a la burguesía para que ésta llevara al país por la senda del desarrollo capitalista, y convertirse ellos en una oposición fiel al socialismo, o participar quizás en una especie de gobierno de coalición? ¿No parecía un sinsentido?

Era un dilema histórico fundamental, una disyuntiva del diablo. Para darle una respuesta apropiada -la respuesta que pondría a los revolucionarios en la actitud y en el camino correctos-, Trotsky elaboró una nueva teoría, que sería conocida como de la revolución permanente. Para empezar, aseguró, ninguna clase social estaría dispuesta a ser la protagonista de una revolución para después renunciar a los frutos de su victoria. La revolución en Rusia, en virtud de su propio impulso, pasaría del estado burgués al socialista y establecería una dictadura proletaria incluso antes del advenimiento de la revolución en Occidente. Los marxistas concebían la Revolución Rusa como una revolución burguesa cuyo propósito sería derrocar al zarismo y eliminar su legado feudal. Sólo después de esto podría desarrollarse en Rusia una sociedad industrial, y sólo a partir del desarrollo del capitalismo se podría plantear en serio la revolución y la sociedad socialista. Trotsky llegó a la conclusión de que la clase obrera se vería obligada, en virtud de su propia supremacía política en la revolución, a llevar a la revolución rusa de su fase burguesa a su fase socialista, aun antes de que la transformación socialista se hubiera iniciado en Occidente. Este sería un aspecto de la permanencia de la revolución: sería imposible encerrar el proceso revolucionario dentro de los límites burgueses. El no negaba el carácter burgués de la revolución rusa, cuando menos en el sentido de que su tarea inmediata era la de liberar a Rusia del lastre de su pasado feudal, es decir, de lograr lo que la burguesía había logrado en Inglaterra y Francia. Pero la revolución no se detendría allí. Una vez que hubiera destruido las instituciones feudales, procedería a quebrar el espinazo del capitalismo y a instaurar una dictadura proletaria.

En este momento se presentaba otra cuestión esencial. ¿Habría de ser entonces la dictadura de una minoría, sobre todo si se tomaba en cuenta que la clase obrera era en ese momento una clase minoritaria, que existía apenas en las ciudades más importantes de Rusia, y que la clase inmensamente mayoritaria era la campesina? Trotsky fue entonces más allá. Aun cuando el derrocamiento del antiguo régimen y la toma del poder serían, en efecto, obra de una minoría, la revolución no podría sobrevivir y consolidarse a menos que recibiera el apoyo genuino de la mayoría, esto es, de los campesinos. La minoría proletaria formaría su núcleo y tendría la iniciativa en todos los asuntos importantes. Pero gobernaría para beneficio de una abrumadora mayoría y gozaría del apoyo voluntario de ésta. El campesinado estaba destinado a que sus rebeliones, aun en las raras ocasiones en que tenían éxito, condujeran al surgimiento de nuevas dinastías opresoras o fueran aprovechadas por otras clases. No podía concebírsele como una clase social revolucionaria independiente. El papel de las clases sociales modernas no estaba determinado por la cantidad, sino por la función social y el peso específico. La revolución vencería mucho antes de que la mayoría de la nación se hubiera vuelto proletaria.

Pero el carácter permanente de la revolución no podía detenerse tampoco en las fronteras nacionales. La clase obrera de Rusia, al encabezar la emancipación política, se elevaría a una altura desconocida en la historia; concentraría en sus manos fuerzas y recursos colosales y se convertiría en la iniciadora de la liquidación del capitalismo en escala global. De esta manera, Trotsky concebía la revolución europea como un solo proceso continuo que se habría de iniciar en la Rusia zarista. En efecto, Rusia no estaba madura para una revolución socialista. Pero Europa sí. Una vez que la revolución se iniciara en Rusia y que destruyera en este país al régimen zarista, el impulso llegaría a toda Europa, donde el desarrollo del capitalismo ofrecía condiciones propicias para una transformación de carácter socialista. Los Estados nacionales cederían su lugar a una comuna internacional, a los Estados Unidos de Europa. La revolución rusa recibiría la ayuda de Europa para desarrollar sus propias fuerzas productivas hasta un nivel que permitiera la consolidación del socialismo. De esta manera, el triunfo de la revolución socialista en Rusia dependía, en primer lugar, del apoyo mayoritario que recibiera de los campesinos y, enseguida, o al mismo tiempo, de la expansión de la revolución socialista a Europa. Estos fueron, en esencia, los ejes principales de su teoría, la cual, por cierto, se habría de convertir en la guía para la acción de todos los revolucionarios que abrazarían después la causa bolchevique, entre ellos, él en uno de los puestos de dirección principales.

En septiembre de 1904, durante una estancia productiva en Munich, Trotsky anunció su rompimiento con los mencheviques. Eran muchos más los puntos que lo acercaban a Lenin y a los bolcheviques. Pero su orgullo no le permitió unirse de una manera inmediata a éstos. No dejaba de ver a Lenin como un jefe de partido implacable, que no reparaba en los medios para lograr sus propósitos. Algún día él mismo tendría que endurecer aún más sus métodos para salvar a la revolución de los peligros que se cernían sobre ella. Además de su teoría sobre la revolución permanente, Trotsky concibió una estrategia específica para la revolución a partir de una huelga general. Transformar cada ciudad en un campamento revolucionario. Impulsar la unidad entre los obreros y los campesinos. Hacer un llamado a una Asamblea Constituyente. Esta fue la otra visión que tuvo y que habría de cumplirse casi al pie de la letra.

 

La revolución de 1905

 

Trotsky desarrolló su teoría de la revolución permanente durante los años de 1904 a 1906, en el periodo en que prácticamente se quedó solo al romper con los mencheviques hasta su regreso a la prisión, pero ahora como uno de los dirigentes más importantes del movimiento revolucionario que se dio en 1905, como representante del primer Soviet de la historia, el Soviet de Petrogado.

El 9 de enero de 1905 una manifestación pacífica de obreros se dirigía al Palacio de Invierno para tratar de entrevistarse con el zar y pedirle que aceptara sus peticiones. No era una demostración de fuerza que se propusiera desafiar los poderes establecidos ni, mucho menos, derrocar al zar e instaurar otro régimen político. Pero el zar se sintió intimidado y optó por una respuesta de fuerza que sería brutal. El zar ordenó a las tropas que custodiaban el Palacio que dispararan contra la multitud. Fueron cientos los muertos y los heridos que quedaron sobre la explanada. La reacción en el país fue de indignación general. La matanza dio origen a una serie de disturbios que pusieron prácticamente en jaque al gobierno del zar.

Trotsky se encontraba en Ginebra cuando recibió las noticias de la revuelta en Rusia. Escribió con entusiasmo algunos artículos donde proponía que lo que estaba sucediendo en Rusia era nada más y nada menos que una revolución. Pero ninguna revolución nace con garantía de triunfo. El proponía que la revolución se armara; que los obreros, una vez armados, se ganaran a los soldados. Los soldados no serían capaces de disparar contra el pueblo si advertían que el impulso de la revolución era imparable y se pasarían al lado de sus hermanos de clase. Pero no era el tiempo sólo de escribir, sino de unirse al torbellino de los acontecimientos. En febrero de 1905, sorteando todo tipo de obstáculos, llegó a Kiev. De inmediato, se dio cuenta de que, fuera del Partido Socialdemócrata, no había nadie en el campo de batalla de la revolución capaz de organizar una insurrección nacional. Ahora más que nunca urgía que las dos facciones del partido se olvidaran de sus diferencias y se unieran para darle a esta revolución la dirección que estaba necesitando.

El 6 de agosto el zar anunció en un manifiesto la constitución de una Duma, que no funcionaría como un verdadero parlamento sino apenas como un órgano consultivo. Trotsky denunció esta medida como un espejismo constitucional. Anduvo de sitio en sitio, escondiéndose. Fue a Finlandia y desde allí lanzó toda clase de proclamas revolucionarias. A mediados de octubre le llegaron noticias de una huelga general en Petersburgo y eso hizo que de inmediato se pusiera en movimiento para ganar la capital.

Mientras tanto, durante el proceso mismo del movimiento, había surgido un órgano propio donde estaban representados los principales actores y se tomaban las decisiones fundamentales: el Consejo o Soviet de Delegados de los Obreros. El 15 de octubre Trotsky se presentó por primera vez en el Soviet y causó conmoción con sus palabras de fuego y sus ideas novedosas. Instó a los bolcheviques a unirse al Soviet sin la condición de que éste aceptara su jefatura, ya que se trataba no de un órgano partidario, sino de una amplia representación popular. El 17 de octubre el zar, atemorizado por la huelga general, publicó otro manifiesto donde prometía una Constitución, libertades ciudadanas y sufragio universal. Trotsky reviró en un mitin de masas: Ciudadanos! Ahora que hemos puesto nuestro pie sobre el cuello de la camarilla gobernante, ésta nos promete libertad. A partir de ese momento, se convirtió en la fuerza propulsora del Soviet, en el alma central de aquel órgano de la revolución que se estaba probando en toda su magnitud. Pero el movimiento no se pudo extender a toda Rusia. Su propio aislamiento lo debilitó y se convirtió en el factor que determinaría su término. El 21 de octubre la huelga, que era en ese momento el arma principal de lucha del proletariado, llegó a su fin. El Soviet, que había elegido un presídium formado por Trotsky, Svechkov y Slydniov, encargados de organizar la insurrección, todavía seguiría funcionando algunos días más. El 3 de diciembre le tocó a Trotsky presidir la última reunión del Comité Ejecutivo del Soviet. Una incursión de policías y soldados irrumpieron en la sede y se llevan prisioneros a los principales dirigentes, entre ellos a Trotsky. El Soviet había durado apenas 40 días pero había sido un ensayo fundamental. Su existencia, la experiencia que llegó a acumular, el método de discusión que se utilizó, las formas que se desplegaron para organizar al movimiento y darle una orientación adecuada, pertenecían ahora al futuro.

Cuando Lenin, después de su regreso el 8 o el 10 de noviembre, se enteró de que el hombre fuerte en el Soviet era Trotsky, se le ensombreció su semblante, pero dijo: Bueno, Trotsky se ha ganado eso con su trabajo excelente e infatigable. Durante el movimiento, Trotsky había dirigido un periódico para poner a debate las ideas sobre el movimiento y para esclarecer el camino de la revolución: Nachalo (El Comienzo). En la cárcel, Trotsky se dedicaría a reflexionar de una manera profunda sobre la experiencia de esta revolución, de este primer ensayo para la toma definitiva del cielo por asalto.

Después de un juicio polémico donde los presos utilizaron el banquillo de los acusados para denunciar la farsa del régimen zarista, con amplias manifestaciones del pueblo, el 2 de noviembre de 1906 fue pronunciado el veredicto: Trotsky y otros 14 reos fueron condenados a la deportación de por vida en Siberia y a la pérdida de todos sus derechos ciudadanos. El 5 de enero de 1907 los convictos emprendieron el largo viaje. Pero Trotsky no estaba dispuesto a pasar el resto de su vida en una prisión del zarismo, sino a destruir las cárceles zaristas para construir en Rusia una sociedad diferente. De manera que en el trayecto se evadió.

 

El interregno

 

Trotsky llegó a tiempo a Londres, donde se estaba llevando a cabo otro Congreso del Partido, para exponer en detalle su teoría de la revolución permanente, poniendo especial énfasis en la necesaria unidad entre obreros y campesinos. Rosa Luxemburgo y Lenin manifestaron su acuerdo con este nuevo enfoque de la revolución. La actitud de Trotsky con respecto a las facciones volvió a ser conciliadora, a fin de que los bolcheviques y los mencheviques se unieran. En el verano de 1907, después del Congreso, se trasladó a Berlín, donde se unió con su esposa Sedova y su hijo. En enero de 1910 se llevó a cabo otro Congreso y la postura conciliadora de Trotsky pareció tener éxito. Pero el intento volvió a fallar porque en la práctica los mencheviques se negaron a disolver su facción. Trotsky volvió a quedar prácticamente solo. A principios de 1912 la división se volvió irreversible. Lenin declaró en una conferencia celebrada en Praga que la facción bolchevique era el Partido.

En octubre de 1912 Trotsky aceptó ser corresponsal del periódico El Pensamiento de Kiev en la guerra de los Balcanes. Servia y Grecia se enfrentaban encarnizadamente contra Bulgaria y este conflicto despertó la curiosidad de Trotsky. Como corresponsal de guerra, no se conformó con las noticias que le llegaban del frente, sino que incursionó en el campo de batalla para percatarse personalmente de cómo ocurría el conflicto y las estrategias que utilizaban los ejércitos que se confrontaban. Combinaba el trabajo periodístico con la lectura apasionada de libros sobre estrategia de guerra. No sólo logró reflejar con una descripción dramática, trágica la mayoría de veces, la realidad de violencia extrema, de vuelta súbita a la barbarie, que representaba la guerra, sino que hizo interpretaciones profundas, certeras, acerca de la orientación que seguía el conflicto bélico. “La noche estalla con estruendo sofocado a orillas del precipicio. De las entrañas de la tierra retornan las garras y los gruñidos. La piel del hombre se llena de sangre ardiente, del pelo salvaje del simio”, escribía para sus lectores en Rusia.

En 1914 Europa dio un giro súbito a la época salvaje de la humanidad y quedó envuelta en un conflicto bélico internacional de proporciones nunca vistas en la historia. Estalló la Primera Guerra Mundial y este acontecimiento hundió en la confusión a los revolucionarios europeos. La Segunda Internacional se impregnó de un chovinismo exacerbado, de un nacionalismo rabioso que terminó por hacerle el juego a las tendencias militaristas de cada país. La causa revolucionaria fue abandonada en aras de la defensa de cada nación, el internacionalismo proletario fue sofocado por un espíritu oscuro de patriotismo a ultranza. Ante la amenaza de reclusión, Trotsky y su familia se trasladaron a Zurich. Durante estas semanas intensas en acontecimientos, escribió La Guerra y la Internacional, considerada la primera declaración extensa de política antibélica escrita por un socialista ruso. Se pronunció por una paz democrática, sin anexiones ni indemnizaciones, que permitiera la autodeterminación de las naciones oprimidas. Pero una paz de esta naturaleza, puntualizó, no sería posible con los gobiernos capitalistas a cargo. Sólo un levantamiento de los pueblos beligerantes contra sus gobiernos opresores podría lograr tal clase de paz. Sería una paz que de inmediato firmaran los nuevos Estados Socialistas de Europa. De la guerra podía surgir la revolución y generar la construcción de un nuevo orden socialista internacional.

A finales de noviembre, salió de Suiza para radicar en Francia. Siguió siendo corresponsal de El Pensamiento de Kiev. A mediados de 1915 se llevó a cabo la Conferencia de Zimmerwald, precursora de lo que llegaría a ser la Tercera Internacional. La Segunda, afirmaron los asistentes, se había dejado contaminar por una intoxicación chovinista que aniquilaba toda iniciativa revolucionaria. Como corresponsal de guerra, solía darle un mayor énfasis en sus reportes al factor humano. Habitualmente narraba las aventuras de un solo soldado, revelando por medio de ellas algún aspecto significativo de la guerra. No perdía tampoco la oportunidad para dar a conocer su enfoque permanente de la revolución. Rusia, decía, iniciaría la revolución socialista, que se extendería luego a toda Europa. Rusia, sola, no estaba madura para el socialismo, pero Europa en su conjunto sí. No se concebía una revolución aislada por mucho tiempo en un solo país. La revolución debe comenzar sobre una base nacional, pero, en vista de la interdependencia económica y político-militar de los Estados europeos, no puede llevarse a su término sobre tal base. El 30 de octubre de 1916 fue detenido por dos agentes de la policía en París y deportado a la frontera española. El 13 de enero de 1917 desembarcó en el Puerto de Nueva York. En esta ciudad de Estados Unidos se dedicó a dar conferencias sobre el colapso del socialismo en Europa ante la política equivocada de la Segunda Internacional y su convencimiento de que hacía falta una Tercera Internacional, y que de la guerra podría brotar el socialismo como un jardín inmenso en medio de la conflagración. Hasta allá le llegaron noticias de disturbios en Rusia, amotinamientos de gente hambrienta que clamaba por el regreso a la paz. El 27 de marzo zarpó de inmediato rumbo a su país, dispuesto a arrojarse nuevamente al torbellino para darle dirección a la historia. El 3 de abril fue detenido en Escocia. La policía naval británica lo bajó por la fuerza del barco y se lo llevó a un campo de prisioneros de guerra.

 

La Revolución de Octubre

 

La guerra estaba hundiendo a Rusia en la pobreza y la desesperación. Los campesinos eran obligados a dejar sus familias e ingresar a un ejército que era presa de la desmoralización, de modo que pronto comenzaron a producirse las deserciones y las insubordinaciones en todos los frentes. En febrero de 1917 se produjo una huelga y una manifestación de mujeres que protestaba por la carestía y la escasez de alimentos. Pocos días después los soldados se unieron a las protestas y exigieron la destitución del gobierno. De esta manera, se formó nuevamente en Petrogrado el Consejo de Delegados de los Trabajadores o Soviet. Los ferroviarios, que eran los encargados de trasladar los refuerzos a los frentes de batalla, se unieron también a la huelga y Nicolás II terminó abdicando. El Comité Ejecutivo del Soviet, del que Trotsky había sido presidente en 1905, exigió al gobierno inglés la liberación inmediata de Trotsky, la cual se produjo el 29 de abril. El 17 de mayo hizo el viaje en tren, a través de Finlandia, hasta Petrogrado. Una muchedumbre que enarbolaba banderas rojas lo sacó en hombros del tren y ante la multitud hizo él inmediatamente su llamado a una nueva revolución. En 1905 Trotsky había sido el primero de los emigrados en regresar, esto le permitió ubicarse de inmediato en un lugar privilegiado en la revolución. Ahora era el último y no parecía haber ningún puesto vacante adecuado para un hombre de sus dotes y su audacia. Lenin había llegado un mes antes y había elaborado y dado a conocer a la dirigencia bolchevique sus famosas Tesis de Abril: Rusia había entrado a la fase burguesa de la revolución puesto que las relaciones hegemónicas eran capitalistas. Pero había que impedir que la burguesía, desde el poder, pudiera organizarse y aplastar la fuerza revolucionaria de los Soviets, que se extendían por todos lados.

Los partidos que habían formado el primer gobierno del príncipe Lvov se esforzaron, en efecto, por limitar la revolución al derrocamiento del zar Nicolás II y, de ser posible, salvar a la monarquía, continuar la guerra y restaurar la disciplina social y militar. Por su parte, los bolcheviques lanzaban la consigna de Todo el poder a los Soviets a las calles y a los sindicatos. Estos eran los órganos auténticos de representación de la clase obrera y estaban llamados, por lo tanto, a tomar el poder, lo cual implicaba necesariamente que sería a través de una insurrección. El 7 de mayo Trotsky se reunió con Lenin y le informó que no favorecía ya la unidad entre las dos facciones del Partido. Lenin, a su vez, había adoptado los puntos esenciales de la revolución permanente de Trotsky. Las sendas de ambos, divergentes durante mucho tiempo, confluían ahora que el torbellino de la revolución se presentaba ante sus ojos. Lenin invitó a Trotsky a unirse definitivamente a los bolcheviques, pero éste pospuso todavía esta decisión.

A comienzos de julio se reunió en Petrogrado el primer Congreso de los Soviets de Toda Rusia, cuyas sesiones duraron tres semanas. Trotsky planteó allí que no tenía sentido tratar de convertir al gobierno en una cámara de conciliación de las clases sociales. Al mismo tiempo, los bolcheviques convocaron al Sexto Congreso Nacional de su partido. Lenin fue acusado de ser un agente alemán y se vio obligado a ocultarse. Trotsky lo defendió. Parecía que las puertas de la contrarrevolución comenzaban a abrirse. La noche del 23 de julio Trotsky y Lunacharsky fueron arrestados y trasladados a la prisión de Kresti. En la cárcel, Trotsky tomó por fin su decisión y se unió a los bolcheviques, quienes lo incorporaron directamente a su Comité Central.  Mientras tanto, se produjo el segundo gobierno de coalición, encabezado por Kerensky, quien nombró al general Kornílov como comandante en jefe del ejército ruso. Pero Kornílov se volvió contra Kerensky y contra la revolución. Se encargaría de encabezar la contrarrevolución de los blancos. El 4 de septiembre Totsky fue puesto en libertad bajo fianza. Uno de los acuerdos del Partido Bolchevique fue el de llevar hasta las filas de los soldados una intensa campaña de agitación política para convencerlos de que se unieran a la revolución. Y fue esta agitación la que derrotó a Kerensky en sus primeros intentos de atacar a la revolución.  El segundo gobierno de coalición se vino abajo. Los bolcheviques aumentaban su presencia y su fuerza en los Soviets. El 23 de septiembre el Soviet de Petrogrado eligió a Trotsky como su presidente.

Los Soviets se habían convertido en ese momento en un poder dual de facto. Ellos representaban los intereses históricos de la clase obrera y de la revolución socialista en ciernes. Era una situación que no se podía prolongar indefinidamente. La cuestión de la insurrección armada contra un gobierno débil, que le abría el camino a la contrarrevolución, que no estaba cumpliendo sus promesas al pueblo, que mantenía a Rusia en la guerra, se imponía como una necesidad inaplazable. Lenin propuso que fueran los bolcheviques los encargados de organizarla. Trotsky, por su parte, planteó que una insurrección tendría que ser legitimada con la participación de la clase obrera, en este caso con los Soviets. La insurrección tendría que pasar por los órganos representativos del proletariado. Sinóviev y Kámenev se oponían de plano a cualquier intento de llevarla a cabo. El 9 de octubre el Soviet de Petrogrado creó el Comité Militar Revolucionario, encargado en principio de defender la ciudad ante un ataque de las guardias blancas o de los ejércitos extranjeros. Trotsky fue puesto a la cabeza de este órgano armado que habría de jugar un papel central en la insurrección.

El gobierno de Kerensky, ante la posibilidad de un ataque alemán, proponía trasladar la sede del poder de Petrogrado a Moscú. Esto dio pie a que el Soviet lo denunciara y se preparara a defender la ciudad. El camino de la insurrección se allanaba. El 16 de octubre los regimientos de la guarnición declararon que desobedecían las órdenes de Kerensky y permanecerían en Petrogrado. Sinóviev y Kámenev intentaron boicotear el acuerdo sobre la insurrección y dieron a conocer los planes en el periódico de Gorky. Lenin tronó contra ellos y exigió su expulsión del Partido, pero no se aceptó su propuesta. El Soviet dio instrucciones a la guarnición de que sólo obedeciera las órdenes firmadas por el Comité Militar Revolucionario. Kerensky anunció que se detendría a Lenin y a Trotsky para llevarlos a juicio. Trotsky afirmaba que la insurrección es un derecho de los revolucionarios y que, cuando las masas oprimidas se rebelan, ejercen ese derecho.

Durante la noche del 24 al 25 de octubre Trotsky dio su Orden Número Uno: el Soviet se encuentra en peligro; preparen al regimiento para la acción. En las siguientes horas los soldados del Soviet se posesionaron de los principales puestos estratégicos de la ciudad y tomaron por asalto el Palacio de Invierno. Lo hicieron de manera incruenta. Sin derramamiento de sangre, el 25 los bolcheviques se habían adueñado del poder y de la ciudad. Finalmente, como lo había previsto Trotsky, la insurrección se dio a través de los Soviets (aunque instrumentada por los bolcheviques, como lo previó Lenin). En vez de Ministros, el nuevo gobierno estaría formado por Comisarios del Pueblo. El primer compromiso de la revolución con el pueblo fue darle Paz, Tierra y Pan. Según la concepción teórica del socialismo, que los jefes de la revolución habían sustentado desde su juventud, la propiedad nacional y en última instancia internacional, y la planificación central de la producción y la distribución, ocupaban un lugar predominante. Pero la revolución se encontró con una economía en situación de desastre, con una clase proletaria en minoría, con su atraso industrial que no ofrecía condiciones para la construcción del socialismo. Los bolcheviques, sin embargo, confiaban más que nunca en que se produjera la revolución proletaria en Europa.

Lenin propuso que Trotsky encabezara el gobierno. Pero Trotsky se negó y fue el propio Lenin quien se hizo cargo de esa responsabilidad. Trotsky se convirtió en el Comisario de Relaciones Exteriores de la revolución. La relación entre Lenin y Trotsky era ya una relación de mutua confianza, cordialidad y respeto, aunque no de intimidad personal. Trotsky reconocía con indudable sinceridad la jefatura de Lenin. Lo hacía sin el menor asomo de adulación y sin renunciar a su propia independencia, pero con evidente remordimiento por su pasada equivocación al subestimar a Lenin como revolucionario y como dirigente. Lenin, por su parte, hacía todo lo posible porque Trotsky se sintiera en el Partido bolchevique como si siempre hubiera pertenecido a él. El nuevo gobierno era de composición bolchevique exclusivamente, pero se le abrió un espacio a los socialrevolucionarios. A la larga, sin embargo, los bolcheviques terminarían ocupando de manera hegemónica todas las posiciones del gobierno. En vez de la dictadura del proletariado, lo que estaba produciendo la revolución era la dictadura de un solo partido. Si bien era cierto que el Partido Bolchevique era el único que representaba los intereses históricos del socialismo, al quedarse solo en el escenario nacional como partido gobernante se hundía en una más de esas contradicciones que llevarían a la revolución a un callejón sin salida.

Trotsky abrió los archivos secretos y dio a conocer que Rusia, antes del triunfo de la revolución, había estado librando la guerra para conquistar a Galitzia y Constantinopla y para dominar Los Balcanes. Participaba, como las demás naciones, en una guerra de conquista por el reparto del mundo. Como encargado de la política externa de la revolución, Trotsky declaró que la eliminación de la diplomacia secreta es la primerísima condición para una política exterior honrada, popular y verdaderamente democrática. Los bolcheviques prometieron al pueblo ruso la paz, de manera que llamaron a las naciones beligerantes a una negociación en ese sentido. El 27 de diciembre Trotsky acudió a Brest-Litovsk con ese propósito. El primer reproche que recibió fue el de que Rusia era un país atrasado y que su posición en la guerra no era nada favorable. ¿Con qué posición de fuerza acudía entonces a las negociaciones? Trotsky respondió que la situación de un país y lo que éste representa para el mundo no se mide solamente mirando el estado en que actualmente se halla su aparato técnico, sino también por las posibilidades todas que en él se encierran. Y ningún país podía determinar su destino mientras estuviera ocupado por tropas extranjeras. Le reprocharon también que el gobierno bolchevique se hubiera impuesto por la fuerza. Y él hizo la distinción entre una fuerza que surge del interior de una nación para determinar su destino y una fuerza externa que impone su voluntad.

El 5 de enero, sin resultados en las negociaciones, Trotsky emprendió el regreso a Rusia. El 8 de enero el Comité Central Bolchevique entró de lleno al debate sobre la paz y la guerra y la postura que el gobierno revolucionario debería asumir. Trotsky proponía que ni la guerra ni la paz, esto es, interrumpir la guerra y no firmar la paz y desmovilizar al ejército. Lenin estaba por aceptar las condiciones de los alemanes y darse un respiro para reorganizar las fuerzas militares y reconstruir la economía. El 3 de marzo Sokólnikov firmó el Tratado de Brest Litovsk bajo las condiciones humillantes que impuso Alemania. Trotsky se negó a hacerlo él mismo para no estampar su firma en un documento humillante. Los bolcheviques habían llegado al poder y se proponían encauzar la revolución por la senda del socialismo. Pero las condiciones de la realidad se les mostraban adversas a cada paso. El ideal del socialismo parecía alejarse en el horizonte, aunque los bolcheviques no estaban dispuestos a abandonar el timón ni el barco mientras tuvieran fuerzas. ¿La revolución había sido prematura?, se preguntaban en su fuero interno los dirigentes. Marx y Engels habían escrito en varias ocasiones sobre el destino trágico que aguarda a los revolucionarios que llegan antes de tiempo. El respiro que necesitaba Lenin para emprender la reconstrucción del país fue interrumpido abruptamente por el reinicio de las hostilidades de las potencias extranjeras. Fue hasta ese momento que decidieron armar a la revolución. Trotsky fue nombrado Comisario de la Guerra y Presidente del Supremo Consejo de Guerra, encargado de organizar –prácticamente de la nada- al Ejército Rojo.

Se acordó de su lecturas militares cuando era corresponsal de guerra, sobre todo de Clausewitz, quien sostenía que la guerra es un instrumento de la política; debe poseer necesariamente su carácter; debe medir con su escala; la dirección de la guerra, en sus grandes rasgos, es por lo tanto la política misma, que esgrime la espada en vez de la pluma, pero no por ello deja de pensar de acuerdo con sus propias leyes. Fue siguiendo estos principios, y sacando de la experiencia emergente sus propias conclusiones y las nuevas orientaciones que necesitaba, que se dedicó a construir el ejército de la revolución. Utilizó a los antiguos oficiales zaristas para llenar ese vacío, pero la medida fue objeto de severas críticas desde el Partido. El sostuvo que el legado cultural del que la revolución había tomado posesión debía salvarse, cultivarse y desarrollarse; y, mientras la revolución tuviera que defenderse, la capacidad y los conocimientos militares debían considerarse como parte de ese legado. Lenin lo apoyó y habló públicamente con admiración sobre la originalidad con que Trotsky estaba construyendo el comunismo con los ladrillos del derrumbado edificio del antiguo régimen. Trotsky creó, en efecto, un ejército nacional con un alto grado de disciplina y combatividad que acabó triunfando sobre la contrarrevolución y las potencias extranjeras. Fue condecorado con la Orden de la Bandera Roja.

El triunfo de la revolución sobre sus enemigos internos y externos no sacó a Rusia de su aislamiento. La revolución proletaria en Europa no se producía y los bolcheviques tenían que vérselas con los escasos recursos de que disponían para reconstruir al país. Para Trotsky, el aislamiento de la revolución rusa significaba que el primero y hasta entonces único intento de construir el socialismo tendría que emprenderse en las peores condiciones posibles, sin las ventajas de una intensiva distribución internacional del trabajo, sin la influencia fecundante de antiguas y complejas tradiciones culturales, en un medio ambiente de tan abrumadora pobreza material y espiritual, primitivismo y tosquedad, que tendería a frustrar o deformar el impulso mismo del socialismo.

Este aislamiento se intentó romper desesperadamente por medio de la conquista. Llevar por las armas la revolución a otras naciones. Pero esta opción contradecía los principios originales de los marxistas. Uno de los cánones había sido el de que la revolución no se podía llevar en la punta de las bayonetas a países extranjeros. La revolución debía ser un proceso que en cada país fuera instigado y encabezado por su propia clase obrera y su partido. Otra cosa era brindar solidaridad, incluso armada, en caso de que la revolución en otro país fuese puesta en peligro. Trotsky se oponía tajantemente a la exportación de la revolución porque, aseguraba, era como una extensión del sustituismo que él había cuestionado con respecto al partido. Inmediatamente después de la guerra polaca, advirtió contra esta tentación. Y es que, por otra parte, él veía al mundo preñado de socialismo; creía que la preñez no podía durar mucho y temía que el tratamiento impaciente de ésta causara un aborto. La solidaridad que la revolución rusa debía a las clases obreras de otros países, sostenía, debía expresarse principalmente en los esfuerzos por ayudarlas a entender e interpretar sus propias experiencias sociales y políticas y sus propias tareas, no en los intentos de resolverles esas tareas. En 1921 Stalin, quien sería su antagonista de toda la vida, su enemigo mortal, resolvió por la vía de los hechos este dilema. Invadió Georgia e instaló allí la parte del Ejército Rojo que dirigía.

El ciclo revolucionario, que la Primera Guerra Mundial había desencadenado, se acercaba a su término. A principios de ese ciclo el bolchevismo se había elevado sobre la ola de la revolución genuina; a su término, empezó a propagar la revolución por la conquista. En la Segunda Guerra Mundial se haría más clara y acentuada esta tendencia. Trotsky favorecía la revolución y se oponía a la conquista; pero cuando la revolución llevó a la conquista y la conquista fomentó la revolución, se vio enfrentado a un conflicto que, desde su punto de vista, no admitía una solución cien por ciento satisfactoria.

 

El comunismo de guerra

 

Durante la construcción del Ejército Rojo, que fue a fin de cuentas el instrumento principal para el triunfo de los bolcheviques en el poder, Trotsky llevó a cabo una labor titánica de reclutamiento de campesinos en toda Rusia y de desplazamientos de las fuerzas militares allí donde de pronto resultaban necesarias. Una vez que la dinámica se echó a andar, ofreció buenos resultados. Los soldados de la revolución estaban dispuestos a acudir en defensa de la causa y de  la patria en cualquier zona de guerra que se les llamara, sin considerar por un momento el riesgo de perder la vida. Pero una vez que la amenaza de la guerra y la contrarrevolución desapareció, los bolcheviques se encontraron con una situación de desastre generalizado en la economía. Ante la escasez crónica de alimentos y otros satisfactores necesarios, y del desplome de la estructura de producción en las ciudades, muchos se movieron al campo y allí se dedicaron a producir exclusivamente para el autoconsumo. La ciudad no ofrecía en lo inmediato perspectivas de sobrevivencia. No había trabajo y los que se encontraban eran pagados apenas con especie. El trueque sustituyó a la circulación de la moneda y fue visto por el gobierno bolchevique como la advertencia de que el movimiento de la historia estaba dando un vuelco hacia el pasado y no hacia el futuro.

Trotsky propuso militarizar el trabajo y meter a Rusia a una etapa de transición forzada a la que se denominó comunismo de guerra. El comunismo, según las concepciones clásicas de los marxistas, debía abolir la desigualdad económica de una vez por todas mediante la uniformación de los niveles de vida. El comunismo de guerra, por el contrario, había sido el resultado de la desintegración social, de la destrucción y desorganización de los recursos productivos y de una escasez de bienes y servicios que no tenía paralelo.  La revolución había enviado centenares de miles de hombres a morirse en los campos de batalla. Seguramente tenía el derecho moral de enviar a la gente a los talleres, a las minas y a las fábricas, donde debía librarse la nueva batalla por la sobrevivencia. La alternativa estaba en el reclutamiento de tipo militar para el trabajo y en la transformación de la fuerza militar en una fuerza de trabajo. Pero una medida de esta naturaleza eliminaría de tajo el espíritu democrático que debía animar el proceso de construcción del socialismo. Una cosa era el ejército de la revolución enfrentándose a peligros inminentes que amenazaban su existencia, lo cual obligaba necesariamente a mantener las armas y a ser parte de una jerarquía y una disciplina militar, y otra la reconstrucción en tiempos de paz.

Trotsky advirtió a tiempo que la militarización del trabajo iba a contracorriente de los cimientos morales que debía tener la construcción del socialismo, y reconsideró. Había que avanzar al comunismo por otros caminos, incluyendo la apertura parcial de la economía del control del Estado. Lenin se opuso. ¿Estaba Trotsky de acuerdo con abrirle un camino al libre comercio, que era el sustento básico del capitalismo? No fue sino un año más tarde, después de que el fracaso del comunismo de guerra quedó demostrado de manera trágicamente categórica, cuando Lenin hizo las mismas proposiciones bajo el nombre de lo que se conocería como Nueva Política Económica (NEP).

La otra disyuntiva que enfrentaron en ese tiempo los bolcheviques fue la que se refería a la democracia en el proceso de construcción del socialismo. ¿Debían considerar las elecciones para renovar el gobierno y para darles a los sindicatos y demás organizaciones de la sociedad la libertad de opinión y de acción al margen de los canales oficiales? El Estado había tenido que ejercer un método de coerción extremo para reclutar a los campesinos y convertirlos en soldados de la revolución y, luego, para tratar de incorporarlos a una nueva vida militarizada. Nadie consideró las libertades a que tenían derecho las organizaciones sociales. Ahora se les presentaba el dilema nuevamente. Si se permitía que las clases trabajadoras se expresaran y votaran libremente, ellas mismas destruirían la dictadura. Si la dictadura, en cambio, abolía francamente la democracia, se privaría a sí misma de la legitimidad histórica, aun ante sus propios ojos. En esta encrucijada, el bolchevismo sufrió una agonía moral que no tiene antecedentes en la historia de otros movimientos intensos y apasionados.

Este debate se trasladó a la relación que los sindicatos debían tener con el Estado. Trotsky y Bujarin proponían en principio que los sindicatos fueran privados de su autonomía y absorbidos por la maquinaria del gobierno. La Oposición Obrera, formada, entre otros, por Shliapnikov y Kolontai (de la que luego, por cierto, formaría parte el propio Trotsky), protestaba contra la tutela del gobierno y del Partido sobre los sindicatos; exigía que los sindicatos, los comités de fábrica y un Congreso Nacional de Productores asumieran el control de toda la economía; acusaban ya al Estado Soviético de ser el bastión de una nueva burocracia privilegiada. Por otro lado, se encontraban Lenin, Sinóviev y Kámenev, quienes trataban de lograr un equilibrio entre las dos tendencias. Recalcaban el derecho del Partido a controlar los sindicatos, pero también deseaban preservarlos como organizaciones autónomas de masas, capaces de ejercer presión sobre el gobierno y la administración industrial. Para Lenin, la dictadura debía transformarse gradualmente en democracia proletaria.

En este nuevo e intenso debate se hallaban los bolcheviques cuando una centella hizo estruendo. Los marineros de Kronstadt, que habían jugado un papel fundamental en el triunfo de la revolución, se rebelaron contra el Estado Soviético y llamaron a una nueva revolución. Y fue a Trotsky a quien le tocó dirigir el sofocamiento por la fuerza. La revolución se enfrentaba a sí misma y tendía a eliminar de su interior las tendencias que contradecían el curso forzado que estaba tomando. En 1921 el gobierno de Lenin terminó por prohibir toda oposición organizada dentro de los Soviets. Todos los partidos de oposición que aún existían, los cuales habían aclamado el levantamiento de Kronstadt, fueron proscritos. Casi inmediatamente se hizo necesario suprimir la oposición de las propias filas bolcheviques. El dilema que tanto los había preocupado se estaba resolviendo de una manera definitiva por el rumbo de la dictadura.

Por la mente de algunos se cruzó como fantasma deletéreo el recuerdo de aquella advertencia que había hecho Trotsky cuando criticó el tipo de Partido que proponía Lenin y que tenía que ver con el sustituismo. Ahora el Partido sustituía a la sociedad; el Comité Central sustituía al Partido; y ya faltaba poco para que el Secretario General, quien llegaría a ser el inefable José Stalin, sustituyera al Comité Central.